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Reseña biográfica escrita por Alone PDF Print E-mail
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Reseña biográfica escrita por Alone
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Historia de Gabriela Mistral
Tomado de Antología de Gabriela Mistral, Editorial Zig - Zag, 1989, 6ta edición.
(Selección)


Infancia y juventud

    Por aquel tiempo gobernaba en Chile el Presidente Balmaceda y solía sentar a su mesa a un joven nicaragüense, de aspecto modestamente indígena,  amigo entrañable de uno de sus hijos y futuro protagonista de una revolución que lo encumbraría en el mundo de las letras tanto como, dentro de poco, la que se preparaba en el mundo político abatiría al poderoso mandatario.

    Venían grandes acontecimientos; el país se dividiría: la mitad más sólida, derrumbándose, abriría paso a otra época, menos firme, para muchos profundamente intranquilizadora.

    Pero nada de eso hacía perder su buen humor ni turbaba el ánimo de don Jerónimo Godoy Villanueva, maestro primario, a la sazón sin puesto, vecino de la aldea de Monte Grande, cerca de Vicuña, capital de Elqui.  Los sucesos públicos teníanle sin cuidado.  Hacía versos.  Era un hombre de carácter ligero y enamoradizo,  propenso a vagabundear, casado con una viuda que tenía una hija,  la señora  Petronila Alcayaga de Molina,  Madre de Emelina Molina Alcayaga.

    Cuando vio que su mujer iba nuevamente a ser madre,  dispúsose  a llevarla a  la  ciudad próxima, donde hallaría más recursos, no sin pensar, acaso, en otro éxodo, antes de otro nacimiento,  ocurrido por tierras remotas,  hacía dos mil años.

     El hombre tenía  imaginación.

    Los  aficionados a vaticinar,  guiándose por las apariencias, anunciaban a la señora Godoy que tendría mellizos, pero  sólo nació una hermosa criatura que llamaron por lucimiento Lucila.  Su padre le compuso, para hacerla dormir, una canción en que lamentaba sus suerte y pedía para ella mejores destinos.

    Fue casi lo único que le dio.  Aficionado a los famoso vinos regionales,  tanto como a las fiestas con  amigos,  Jerónimo  Godoy  Villanueva, tres años más tarde, abandonaba sin explicaciones el hogar para salir en busca de aventuras.  Petronila  Y  Emelina  vieron de ingeniarse para sostener la casa con su trabajo.  Lo  hacían,  por lo demás, sin extrañeza ni rencor:  la conducta del jefe de familia era en el valle un hábito varonil.

    De cuando en cuando reaparecía.  Saludaba a todos, como sin nada hubiese ocurrido,  demostrábase alegre y bromista, se estaba un tiempo quieto, hasta que, de pronto, un día cualquiera, tornaba a partir.

      Hasta que no volvió.

      Las costumbres patriarcales del pueblo aliviaban, por otro lado, la carga de las mujeres.  La tierra semitropical abundaba en frutos ricos y no existía el duro sentimiento de la propiedad que en otras clases deslinda terminantemente lo mío y lo tuyo.  Desprovista de bienes y con la sola ayuda del sueldo de maestra primaria que ganaba Emelina,  todavía la señora Alcayaga encontraba modo de ir en auxilio del vecindario más pobre.  Cuando alguien carecía de los necesario, su pequeña hija recibía órdenes como esta:

            -Mira, chiquita, anda donde don Fulano, que ha cosechado muchas manzanas, coge en tu delantal una docena y se las llevas a doña Zutana de parte suya.

    Y la chiquita,   muy seria, iba, saludaba en la puerta al dueño de la propiedad, cumplía el encargo d su madre y, momentáneamente, el equilibrio de las fortunas se restablecía.

    Era una mujer de pocas letras;  apenas sabía escribir; pero, animosa y tenaz, no se dejaba vencer y gustaba de la charla con amistades.  Cuando  la dejaban sola,  asomábase al camino, le hacía señas al primero que pasara e invitábale a tomar con ella el mate en compañía.

    Una atmósfera bíblica flotaba sobre la aldea de Monte Grande.

    Ese paraíso terminó para Lucila Cuando, vista su edad, la enviaron a proseguir estudios en la  ciudad de Vicuña.  Regentaba allá  la escuela primaria una amiga de su madre,  doña Adelaida Olivares, que era ciega.  Se constituyó en su apoderada.  Tarde y mañana, todos los días,  la  muchachita guiaba  a la Directora de su casa a la Escuela  de la Escuela a su casa, como un lazarillo.

    Pero hay seres a quienes la ternura no ablanda.

    Lucila padecía de una timidez enfermiza.  Costábale pronunciar las palabras y, según el testimonio de alguien que la conoció mucho, su nombre,  Lucila  Godoy, convertíase en algo como  “Totila  Llolloy”  o  cosa  semejante.. La lengua se negaba a obedecerle.  Dona Adelaida le confió la misión de repartir a sus compañeras el “material escolar”, unos cuadernillos con membrete de las oficinas fiscales,  fijándole determinada provisión para el mes.  Pero ocurría que las muchachas se apoderaban violentamente de cantidades superiores a la prevista y, a poco, la distribuidora de papel se hallaba en déficit.  Le  pidieron explicaciones.  No  supo darlas. La ciega  Directora reunió entonces al colegio y,  solamente, delante de todas, la acusó de ladrona y la condenó.  La chica, abrumada, perdió el conocimiento.  Al  salir, ya de noche, un grupo de alumnas la esperaban;  se habían armado de piedras.  Lucila huyó y atravesó las calles, perseguida por los peñascazos,  hasta llegar, herida y sangrante, a su casa.

 Años y años después de ese suceso, contaba que, ya crecida y contaba que, ya crecida y con nombre en el continente,  volvió a Vicuña para visitar los lugares donde había transcurrido su infancia.  Encontrábase en una calle haciendo memoria, cuando acertó a pasar por allí un cortejo fúnebre. Se  unió a los acompañantes.  Llegaron a la iglesia y alguien le entregó en la puerta un ramo de flores.  Ella lo depositó, como todos, sobre el ataúd, y sólo entonces ocurriósele preguntar el nombre del muerto.

 Le respondieron:

            -Doña Adelaida  Olivares.  Fue  Directora de la Escuela.  Era  ciega.  ¿No la recuerda usted?

 Ella  repuso:

            -Yo no olvido nunca.

     Y decía verdad; Lucila no olvidaba los sucesos dolorosos escolar no impidieron que, andando el tiempo, su madre y su hermana resolvieran dedicarla a la enseñanza:  no  tenía mucho porvenir, pero era la sola carrera que estaba a su alcance.

     La llevaron a LA Serena.  A costa de obscuros sacrificios la prepararon para la Escuela Normal, hiciéronle  rendir exámenes, y endeudándose,  reunieron la suma que su  modesto ajuar requería.  Ya se habían pronunciado en la joven las afinaciones literarias del padre, y periódico de la provincia publicaban versos suyos de corte romántico,  bañados en una enfática melancolía.  Por desdicha, su talento incipidiente cayó en malas manos: los inexpertos labios de Lucila bebieron el brebaje mortal de una prosa por aquel tiempo celebérrima y  cuyos efectos  pervertían a la juventud americana.

    Era el colombiano Vargas Vila, que se llamaba a sí mismo el divino y sufría un delirio de grandeza patológico.  Revolucionario del orden tropical, ególatra y semidemente, inflado hasta el paroxismo, no se le podían negar, sin embargo, entre su imágenes a lo Victor Hugo y sus vaciedades sudamericanas,  vislumbres y como llamaradas de un talento violento.

    Lucila Godoy se quemó en ellas,  ardía en su fuego, lo amó completamente.

    Ella lo declara.

    ¿Determinó la siniestra nombradía del rebelde romántico el rechazo que sufrió la joven postulante en la Escuela Normal?

    La habían admitido: la detuvieron en la puerta.  Sin excusas, sin explicaciones,  brutalmente, se le notificó que el Consejo, el Día anterior, había acordado revocar su matrícula.

    No tenían a quién clamar.  Crecían de posición, de influencias, de fortuna.  Era  el  derrumbamiento sin esperanza.  No le quedaba sino estudiar sola y luchar por su cuenta, formándose en la batalla, día a día, hasta triunfar;  pero la curva de los caídos, que ya muestran los retratos de entonces, no se borraría de la boca jamás.

    Afortunadamente para su futuro literario, contra la influencia de Vargas Vila apareció en su senda un correctivo poderoso y, como los caminos de la Providencia son inescrutables,  llególe por la inesperada vía de una señora no muy segura del cerebro:  su abuela.

     La madre de su padre llevaba el apellido Villanueva,  procedente de la Argentina y,  según los genealogistas, de origen hebreo,  hipótesis confirmada por el hecho de ser esa señora la única de  La Serena que poseía la Biblia y se dedicaba a leerlas.  Era mujer severa y puritana, que tuvo dos hijas monjas, una con fama de santidad  El  domingo, la señora Alcayaga aderezaba a su hija, rizábale el cabello, le ponía su traje mejor y le decía:

            -Anda a ver a tu abuela loca.

      Cuando llegaba, la abuela le deshacía metódicamente los rizos, le soltaba las alforzas del vestido, a su juicio profanas y la sentaba a leerles los Salmos de David.  Lucila dirá más tarde que el Santo Rey fue su primer amor.  En todo caso contrapesaba y reducía a cenizas las flores fatuas del maldito colombiano.  La  desenfrenaba vehemencia de su temperamento, su ansia de expresiones excesivas y su corazón insaciable hallaban su alimento en las metáforas ardientes de la Escritura:  repetía los apóstrofes de los profetas, las quejas de Job increpando cara a cara a la divinidad, los gritos de pasión que exhala el Cantar de los Cantares.

     Cuando el amor y el drama la sacudieran,  cuando su lengua quisiera desatarse para dar curso al torrente interior, los turbulentos ímpetus hallarían ya preparado ese quemante lecho.

     Y la hora llegó.